La Habana de 1772 inauguró el primer paseo público para peatones y carruajes. El típico bulevar que no fue más allá de dos hileras de árboles, construido como primera avenida paralela a las murallas, recibió la denominación de Alameda de Extramuro. Su antecedente inspirador estuvo en el madrileño Paseo del Prado y ocupó la preferencia de los habaneros, quienes acudían a disfrutar de las brisas durante el crepúsculo.
A lo largo de medio siglo el nuevo espacio citadino incorporó obras ornamentales que le aportaron mayor belleza. Los atardeceres tuvieron desde entonces la culta convocatoria de transitar bajo la arboleda, sus fuentes y esculturas acompañados además, por los compases de la música incorporada al entorno por orquestas populares colocadas en las dos rotondas del recorrido.
Aunque el siglo XIX conoció otras alamedas que se incorporaron al tejido urbano como la de Carlos III, la preferencia del conocido actualmente como Paseo del Prado se mantuvo como signo de refinada cultura para las tardes, cuando recibió fachadas de piedras en ambos lados y se hizo más peatonal.
Con los nuevos tiempos llegó la electricidad para sus faroles de bronce, el asfalto rodeó los marmóreos pisos y los leones advirtieron su protección a tan importante símbolo citadino, que presenció acontecimientos como la primera manifestación popular contra la Enmienda Platt y la inspiración de la primigenia pieza del ritmo chachachá : La Engañadora.
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